Monday, June 27, 2011

EL PARAISO DE LOS HOMBRES QUEBRADOS

27-06-2011.
Narciso Díaz Rodríguez
Centro de Información Hablemos Press

(www.miscelaneasdecuba.net).- El conocido refrán de “hombre quebrado, ni guapo ni enamorado”, se cumple ahora en la Cuba de hoy como una maldición que una vez más ratifica el valor de los proverbios.


Por un lado, nadie puede negar lo relativo de los términos “guapo”, apuesto y hasta galán. Pero en cuanto al “amor”, o para seguir mejor la idea de la popular frase, la posibilidad de asociarse y formar una pareja, pues la realidad insiste en mostrarse un tanto más cruel.

Si el número de hombres con capacidad económica para sostener a una familia se fue reduciendo gracias a la programada repartición de la miseria a partir del año 1959, y luego en los años 90 debió descender sustancialmente, ya en el 2011, amenazan con ser una especie en extinción. Haciendo un esfuerzo para dejar a un lado la connotación machista que pueda abarcar la idea, es un hecho cierto que cada vez resulta más difícil dar con un hombre capaz de “mantener a una mujer”.

La mujer no se independizó en el año 59, el hombre tampoco, pero a ella se le enseñó y hasta se le forzó, a no mirar a su pareja como al “hombre de la casa”. Bastaba con rendirle devoción a un solo hombre, al líder absoluto.

Para encontrar a un hombre con las condiciones óptimas para ofrecer un mínimo de seguridad económica, es preciso ascender por la escalera de los estratos sociales y llegar hasta la misma familia gobernante. Por supuesto que los Castro, sus hijos, nietos y demás colaterales selectos, sí pueden otorgar mansiones y casas, tanto dentro como fuera del país, a mujeres, amantes y amigas. En mucho menor medida, lo hacen los altos dirigentes y militares de rango, como también se pueden permitir algún que otro “lujo burgués”, aquellos que por razones de cercanía a la nomenclatura, dirigen o desordenan centros que milagrosamente aún les permiten percibir, bajo la sombra, ingresos suficientes. Estos, salvo excepciones cuya tendencia es a desaparecer, no regalan apartamentos por pequeños que estos sean, pero a menudo llenan las despensas y escaparates de sus esposas y amantes. Luego están los que reciben remesas, los que mantienen negocios riesgosos que nunca duran, y los que logran acceder a recursos de procedencia dudosa. Estos últimos, sin tener idea de hasta cuándo, hoy les es posible llevar, con moderada frecuencia, a sus parejas a comer en paladares y cafeterías que cobran en divisas.

Los otros, que son la inmensa mayoría, están quebrados. Lo están los ancianos que dependen casi todos de sus familiares. Lo están los de edad laboral y fuerzas para arrancar un dólar del asfalto y bebérselo frente a una mesa de dominó mientras sus esposas, –es bueno seguirlas llamando así–, hacen lo imposible para que sus vidas se sigan pareciendo a otras vidas.

También están quebrados los jóvenes, –ese torrente de energía al que tanto teme el gobierno–, esos que todavía se atreven a salir de noche y abordar un transporte infernal sin un solo peso en el bolsillo, pero con celular, una muda de ropa a la moda y una sonrisa de oreja a oreja. Dan la impresión de que respiran en el mejor de los mundos y que es imposible que algo tan alarmante como la carencia de alimentos, los esté afectando.

No se les puede culpar por tanta desidia frente al mar tras haber venido al mundo y continuar con los ojos vendados por decreto oficial. Pero inevitablemente salta una pregunta: ¿cómo lo logran?

¿De dónde sacan energías para tantas carcajadas paradisíacas?

La respuesta puede ser sorprendente. Esa fuerza, la obtienen gracias a una madre, una abuela y hasta alguna tía que por infinito amor a ellos, aprendió a hacer magia. Cada uno de esos jóvenes de espíritus radiantes, ha dejado en su casa a una diva que se encarga de lo más necesario y menos agradable en un hogar hoy en día: la cocina. Otra vez les toca a ellas, desde la sombra y el silencio cotidiano, ser las artífices de tanta alegría en hombres que ni siquiera tienen para costearle un refresco a una chica. Son esas damas blancas, negras y de cualquier color, el impulso que late detrás de cada sonrisa que se desliza por toda la Avenida 23 hasta el malecón habanero, convergencia fatídica de última hora, donde no faltan los guardias de la familia real con uniformes negros y armados con porras y perros.

Son criaturas en masas que miran con la pupila muy abierta, incluso, en las primeras horas de la mañana. Cualquiera podría señalarlos como auténticos parásitos, pero el corazón de una madre sabe llamarlos ángeles. Son hombres y mujeres muy jóvenes y empobrecidos todos, es cierto. Pero mañana sus expresiones de júbilo, ahora incomprensibles, podría conectarse, gracias a un artificio tecnológico imparable, en una inmensa red de abrazos, besos y reclamos, donde el canto afónico de los militares no tenga espacio alguno. Entonces, todos ellos, que serán muchos y con nuevas caras, verán que no es precisamente en el paraíso donde viven y que están quebrados solo por la peor de las intenciones de una familia.

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