Wednesday, August 21, 2013

DUALIDAD MONETARIA CUBANA

 ¿problema o solución?

Una casa de cambio en La Habana.
Un análisis de los posibles movimientos monetarios de la economía castrista.

En las últimas semanas y días, los cubanos han empezado a sentir una preocupación especial por la eventual unificación monetaria, que se supone será inminente. Parece improbable. Pero puede ser que las autoridades estén buscando el momento propicio, tanto a nivel político como económico.
Necesitan, por un lado, una cierta estabilidad interna, que no existe porque el déficit público se ha acercado al 4% del PIB en una economía donde todo lo que se produce es estatal. Y externa, imposible porque el comercio exterior es muy deficitario, a pesar de las remesas de los exiliados, el petróleo de Venezuela y el turismo.
Sin acceso a los mercados internacionales de financiación, tras los impagos al Club de Roma, la economía castrista se mueve continuamente en el filo de la navaja, con bajos crecimientos del PIB, tensiones inflacionistas, escaso poder adquisitivo de los salarios y una creciente dependencia externa, a pesar de los alegatos del embargo o bloqueo.
Años de dólares
Pero conviene hacer un poco de historia. En 2003, el régimen decidió suprimir la circulación de dólares en la Isla. Una decisión que se había visto obligado a adoptar en 1993, durante el denominado "período especial", cuando la confianza de los cubanos en la moneda nacional se vino abajo como consecuencia de la escasez de productos, la expansión de liquidez para financiar los déficits, y la necesidad de captar divisas a cualquier precio.
La circulación del dólar en esos diez años vino a traer a muchos cubanos recuerdos de un pasado, no tan lejano, en el que la represión actuaba con suma contundencia contra aquellos ciudadanos que eran sorprendidos en posesión de la divisa del enemigo del norte. Muchos sufrieron condenas de prisión por algo que el derrumbe del muro de Berlín y el campo socialista obligó al régimen a suprimir. Esta ha sido la primera gran derrota histórica del castrismo, una evidencia de su debilidad y de la dependencia exagerada de un conglomerado de países que habían estado otorgando subvenciones artificiales bajo un claro contenido ideológico.
Dicha derrota política e ideológica no se ha valorado aún lo suficiente. Fue la primera ruptura entre la "generación de la revolución" y sus nietos enriquecidos y acostumbrados a una vida sin límites. La estrategia del llamado "período especial" fue el sálvese quien pueda: lejos de reconocer errores históricos, las autoridades lanzaron con entusiasmo una política para la que ni estaban preparadas ni sabían cómo gestionar, ni tenían instrumentos disponibles.
La inundación de dólares en la economía castrista fue un fenómeno característico de los años comprendidos entre 1993 y 2003. Pero en este mismo período de tiempo, el régimen ganó tiempo, monetizando déficits y acarreando graves problemas estructurales a la economía por la vía de la inflación.
Por eso, en cuanto se atisbaron nuevas fuentes de financiación externas (los petrodólares de Chávez), se dio un golpe a la recentralización económica, se anularon muchas de las políticas liberalizadoras del llamado "período especial", y se puso fin a la circulación del dólar, con la creación del CUC, un invento que venía a finiquitar un debate entre los economistas sobre si era mejor la "euroización" de la economía que la "dolarización", en un momento en que las consignas ideológicas, la llamada "batalla de las ideas", volvían a ganar terreno en el discurso político.
Años de CUC
El CUC llegó en ese momento preciso del tiempo en el que, conseguidas nuevas bases de financiación externa en el petróleo venezolano, se hacía necesario tomar decisiones a la vista de lo que había sido la experiencia reciente. La economía castrista dividida y segmentada en función del acceso a la moneda convertible descubrió que no podría continuar funcionando del mismo modo y abría espacios a la iniciativa privada, sin reconocer un sistema de derechos de propiedad o del mercado como instrumento de asignación. El CUC ha cumplido así su papel de instrumento de contención, que ha funcionado con todos sus defectos para el interés del régimen en captar divisas y mantener el control de la economía. No existen estadísticas, si quiera fiables, del impacto de la circulación monetaria del CUC en la economía. Se sabe que es importante la masa monetaria, sobre todo vinculada al sector turístico y a buena parte de los mercados de consumo liberalizados, pero no se tiene una precisa cuantificación de su importe total. En esas condiciones, llevar adelante su supresión y eliminar la dualidad monetaria, parece una operación ciertamente arriesgada.
Además, hay mucho en juego. La propia existencia del CUC ha ampliado las deficiencias estructurales y productivas de la economía y ha generado un sector de rent seekers en el área del CUC, que van a condicionar notablemente las decisiones a adoptar en los próximos años. Aunque los economistas del régimen se esfuerzan en señalar que no es el CUC el causante de las desigualdades cada vez mayores que se observan en la economía, no cabe duda que el acceso a esta moneda, sea cuál sea su origen, permite a los cubanos acceder a niveles de consumo y de vida muy superiores a la media.
En principio, parece existir entre la mayoría de economistas el acuerdo de que sin unificación monetaria, la economía no podrá superar su atraso e ineficiencia, pero también hay analistas que piensan que este proceso no se puede acometer de cualquier manera y que, en las condiciones actuales, existe poco margen para emprender aventuras cuyo resultado es cuando menos incierto.
¿Qué hacer?
Para aportar alguna sugerencia sobre qué hacer, sería muy conveniente iniciar un profundo análisis sobre lo que significa la dualidad monetaria en la economía castrista, sus orígenes, la justificación si es que existe alguna, y a partir de ese diagnóstico, tratar de ofrecer algún marco lógico que permita reconstruir la unidad de la moneda.
Los datos de partida son los siguientes. Actualmente tienen curso oficial en la Isla dos monedas. El peso cubano tradicional, y el CUC, que se hizo equiparar en su día al dólar, y que sigue ahí fijado a ese nivel sin alteración alguna. La paridad entre las dos monedas se ha fijado oficialmente en 1 CUC por 24 pesos cubanos. A diferencia de otros períodos "revolucionarios", los cubanos tienen acceso a la moneda fuerte y lo único que deben hacer es calcular sus rentas y los precios de los productos y servicios que desean adquirir con ese sencillo cambio.
De ese modo, en el interior de la economía rige un sistema de tipo de cambios fijo sin que se haya establecido un sistema de derechos de propiedad y con una elevada participación de la planificación central como instrumento de asignación de recursos, en vez del mercado.
Situaciones como la descrita no son sostenibles. Por ello, se hace necesario dar una solución integral al problema. No puede mantenerse en funcionamiento durante mucho tiempo una economía en la que el acceso a determinados bienes y servicios exige pensar y disponer de CUC, mientras que los ingresos y salarios en la economía vienen determinados, mayoritariamente, por la moneda débil.
Superado el objetivo recaudatorio de la fijación de la dualidad monetaria, y el político de quitar al dólar de la circulación monetaria en la Isla, sería conveniente pensar si su mantenimiento en el tiempo por las autoridades obedece al objetivo de frenar el crecimiento de la oferta e impedir una generalización de los intercambios de mercado, o la fijación de bajos salarios cuya relación con la productividad no se sostiene. La circulación de las dos monedas presenta una serie de efectos que los economistas conocen bien, porque han sido estudiados en la ciencia, y conducen a costes administrativos de las empresas, de falta de información sobre los precios, o de distorsión en las decisiones de los agentes.
Es por ello necesario pensar en cómo poner fin a la dualidad monetaria. Algunos economistas del régimen han fijado 2016 como una fecha posible. Parece lejana. Debería resolverse antes, pero prestando especial atención a los indicadores que eviten el desastre. El régimen mueve ficha para observar qué comportamientos podrían producirse en la población. Los rumores no son adecuados para un proceso de eliminación de la dualidad monetaria.
Si la moneda que finalmente sobrevive es el peso cubano —sobre lo que parece existir un cierto nivel de consenso—, y no se producen cambios estructurales, los precios de todos los bienes se multiplicarían automáticamente por la tasa de cambio que se establezca, que puede ser inferior al 1:24 actual.
Los que cambien CUC a pesos (por ejemplo, los que reciben remesas de sus familias en el exilio, o los que tienen depósitos en los bancos) obtendrían ingresos en moneda nacional multiplicados por el cambio que finalmente se fije, con toda seguridad menos en términos nominales. Ello puede estimular la inquietud de los perceptores de estas rentas externas para aprovechar un supuesto cambio más favorable. En todo caso, la expansión monetaria y el aumento de liquidez subsiguiente en pesos cubanos, apuntaría a alza de precios.
Los que cambien desde pesos, no solo se enfrentarían a rentas monetarias limitadas, sino que tendrían que enfrentarse a unos precios posiblemente más elevados, lo que acentuaría su situación de desigualdad inicial. Nadie saldría ganando, al menos en el corto plazo, pero no cabe otra alternativa, ya que la dualidad monetaria acabará siendo explosiva. Los efectos que sobre las cuentas nacionales tenga este tipo de decisiones, son imprevisibles. El régimen castrista fija sus magnitudes macroeconómicas en pesos cubanos, equivalentes a dólares.
¿A quién perjudicar, a quién beneficiar?
La anterior no es una cuestión de fácil respuesta. De la misma forma que el CUC nació en el momento más oportuno, su supresión puede llegar en iguales condiciones. Restablecer el peso cubano como única moneda nacional, y su posterior convertibilidad exterior, no es fácil, cuando los fundamentales de la economía castrista son inexistentes. Amenazas pueden surgir por doquier. No es extraño que los cubanos estén inquietos. Antes de una decisión de estas características sería conveniente estabilizar la economía, avanzar en las transformaciones estructurales y mejorar las condiciones generales de los procesos productivos. Nada de eso se ha hecho ni se hará.
 

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