Monday, February 24, 2014

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La Habana, 16 oct (AIN) La Facultad de Turismo de la Universidad de La Habana (UH) diversificará sus planes de estudios con vistas

Vendedores de La Pequeña Habana, sin un lugar

Brenda Medina

EL NUEVO HERALD

Una mañana reciente varios turistas de visita en La Pequeña Habana caminaban por la plaza situada entre el Parque del Dominó y el Teatro Tower de la Calle Ocho buscando los puestos de venta de artesanía que habían visto en fotos de guías de viaje. Pero encontraron la plaza vacía.De acuerdo con varios vendedores, hace alrededor de un mes supervisores municipales llegaron acompañados de agentes de la Policía y les ordenaron desarmar sus casetas y marcharse, diciéndoles que no contaban con permisos para hacer negocio allí.
La mayoría de los puestos de venta —que ofrecían pinturas, esculturas, joyas, sombreros, incienso y jabones hechos a mano— ocupaban la plaza diariamente desde hace unos tres años y poco a poco se convirtieron en parte del ambiente. La iniciativa fue un programa piloto de la organización Viernes Culturales para destacar a los artesanos locales, pero se convirtió en una batalla entre dueños de tiendas y galerías del área, y una media docena de dueños de puestos de venta. Con el tiempo llegaron personas a colocar casetas enormes y vender productos importados de otros países o cigarros. Algunos dijeron que el lugar se convirtió en una especie de mercado de pulgas y llevaron sus quejas a funcionarios municipales.
Por un lado los dueños de tiendas de souvenirs y de galerías de arte alegan que ellos deben cumplir con varios requisitos municipales y gastos de establecimiento para poder mantener sus negocios, mientras que a los vendedores de la plaza no se les imponían reglas. Por otra parte, los artesanos aseguran que sus creaciones no compiten con los productos que ofrecen las tiendas y que además cada mes pagaban $100 a Viernes Culturales por el derecho de hacer negocio allí. Y entre los dos bandos están varios dueños de negocios como restaurantes y tiendas de cigarros, para quienes la venta de arte no representaría una competencia, y favorecen a los vendedores al aire libre, que canalizan clientela hacia sus establecimientos.
“Ellos le agregaban vida a la plaza, la mantenían limpia y además hacían que los turistas se acercaran a nuestras tiendas”, dijo Mario Alra, gerente de Little Habana Cigar Factory. “Creemos que debe ser regulado pero no expulsarlos a todos”.
Pero Jackie Sarracino, de la tienda de recuerdos Maxoly, no opina igual.
“Yo tengo que pagar renta, agua, electricidad y licencias municipales para poder estar aquí. Todo eso es una inversión”, dijo Sarracino, cuya tienda vende pinturas, camisetas, sombreros y souvenirs con temas cubanos. “Claro que un vendedor que no tenga que pagar todos esos gastos podría ofrecer sus productos a un precio mucho más bajo y eso afectaba a las tiendas porque muchos turistas ni se acercaban”.
Miguel Alfaro, un pintor que llegaba cada mañana a vender sus cuadros al lado del Teatro Tower, opinó que su negocio no representaba un peligro para otras tiendas.
“Yo he cumplido con mis pagos y mis pinturas son diferentes a las de las galerías. ¿Cómo es que soy competencia para los otros lugares?”, preguntó Alfaro. “Esto ha afectado mucho a mi familia porque era nuestra única entrada económica y tenemos un hijo de 15 años. Lo único que quiero es que me aclaren qué permisos necesito y me dejen poner mi puesto otra vez”.
No está claro si hubo un reporte formal o una orden de multar a los vendedores por violación de códigos municipales, o qué tipo de permisos de la ciudad son requeridos para vender en la plaza. Tampoco está claro por qué el Departamento de Códigos de la Ciudad de Miami no actuó durante años, si se estaban violentando las reglas.
Los vendedores han dicho que poco después de que les pidieran marcharse, fueron a las oficinas municipales a obtener los documentos apropiados para negociar en la plaza, pero que nadie les dio respuestas.
La jefa del Departamento de Cumplimiento de Códigos de la Ciudad de Miami, Jessica Capo, no respondió a múltiples llamadas y mensajes de correo electrónico dejados por el Nuevo Herald el jueves y el viernes.
Patty Vargas, la directora de Viernes Culturales, dijo que la organización recibía pagos de $100 de los vendedores por el tiempo que duró el programa piloto que inició mediante un acuerdo verbal con la Ciudad, y que el dinero se utilizaba para gastos de seguro. Hacia finales del año pasado Vargas dijo que se le hacía imposible continuar coordinando a los vendedores.
“Era mucho trabajo, todas las quejas y problemas llegaban a Viernes Culturales”, dijo Vargas. “Yo solo trabajo en la oficina 20 horas a la semana”.
De acuerdo con Vargas, el último mes que recibió los pagos fue septiembre del año pasado. La organización continúa coordinando a los vendedores del evento artístico Viernes Culturales, que se celebra el último viernes de cada mes en la Calle Ocho y es separado del programa piloto.
Alfaro, por su parte, inició una petición en el sitio web change.org dirigida al comisionado del distrito Frank Carollo y al alcalde de Miami Tomás Regalado para que le permitan volver a vender sus cuadros en la plaza.
El comisionado Carollo consideró que todas las quejas con respecto al problema son válidas y que es precisamente eso lo que dificulta la búsqueda de una solución.
“Tanto los artesanos como los [dueños] de las tiendas han resultado afectados”, dijo Carollo. “Estamos analizando la situación y tratando de ser justos. La solución tiene que ser de acuerdo con lo que permitan las leyes y al mismo tiempo asegurándonos de que todos tengan oportunidades”.
Los dueños de restaurantes y tiendas de cigarros que apoyan a los artesanos de la plaza, y dijeron a el Nuevo Herald que estarían de acuerdo con que se regularan las ventas y existieran descripciones explicitas sobre qué constituye un artesano.
Tanto los artesanos como varios dueños de negocio están de acuerdo en que poco después de que Viernes Culturales dejara de coordinar a los vendedores la situación se salió de control y el lugar casi se convierte en una especie de pulguero. Poco a poco montaron puestos de venta personas que no hacían artesanía, sino que traían souvenirs de otros países o productos que no estaban relacionados con el arte, dijeron. Incluso, un dueño de una tienda de cigarros cercana montó por varios meses cuatro carpas en diferentes lugares de la plaza.
“Es que se convirtió en un flea market, y nosotros no queremos un mercado aquí”, dijo Sarracino, quien ahora ve llegar a más turistas a su tienda. “No se veía a nadie creando nada a mano. Eran cosas traídas de China o de Tailandia y para eso hay flea markets en otros lados de la Ciudad”.

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