Tuesday, July 24, 2018

¿EL FIN DEL COMUNISMO EN CUBA?


 Héctor Peraza Linares
heperli51@gmail.com
Madrid, 25 de julio de 2018
Por estos días la prensa europea y mundial se hace eco del anuncio lingüistico hecho por el régimen castrista, a través de la Asamblea Nacional del Poder Popular, de eliminar la palabra comunismo de la Constitución.
Haciendo honor a la Historia, como quivicanero, tengo el deber de reclamar para mi pequeña tierra roja, que así le decían los indios guanahatabeyes, el ilustre mérito de haber sido el primer y único lugar de la isla de Cuba, donde se puso fin, en pleno inicio del régimen totalitario, al comunismo.
He aquí el extraordinario y desconocido hecho histórico:
A principios de la década del sesenta del siglo pasado, en Quivicán, pueblo al sur de La Habana, vivían varios borrachos empedernidos. A uno de ellos, el conocido como Matanzas, alguien lo puso a trabajar como vigilante nocturno en la granja de pollos estatal, ubicada en el sitio conocido como Cinco Palmas.
Para pasar su primera noche laboral vigilando las naves avícolas, Matanzas, trajo, como chica de compañía, a una botella de matarrata, bebida elaborada por fabricantes clandestinos, con alcohol de bodega mezclado con agua y azúcar prieta caramelizada previamente pasada por un serpentín, que se bebió hasta el fondo, buche tras buche, recostado al tronco de una ceiba, en menos de lo que canta un gallo.
Dando eses y tumbos de una nave de pollos a otra, cayéndose varias veces de bruces entre los charcos que había dejado un reciente aguacero, nuestro hijo de Baco, tropezó, de pronto, en medio de la oscura noche tropical, con varios bidones de gran tamaño llenos de pintura de cal, encima de los cuales habían grandes brochas, que el administrador había traído esa tarde para que, al día siguiente, aniversario de alguna fecha o conmemoración castrista, los trabajadores pintaran los troncos de todos los árboles, incluídas las cinco palmas, y las fachadas de las naves de pollo.
En ese instante, Matanzas, en medio de la tremenda juma que ya tenía, vio los cielos abiertos, porque, aunque muy poca gente de Quivicán lo sabía, él, secretamente, sentía un inconmensurable odio por el comunismo, impuesto por Fidel Castro.
Agarró dos de las grandes brochas, una en cada mano, y comenzó a pintar todo lo que encontraba en su camino: en la cocina, el fogón de leña, las cazuelas, los jarros, el saco de arroz, el de chícharos, los huevos (que ya eran blancos), y los boniatos; en el comedor, las mesas, los bancos, el piso de cemento y el techo de fibrocemento; en las naves, las canoas y jaulones, y no hubo una sola ave a la que no le diera tres o cuatro brochazos; en el patio, las matas de plátano, las famosas cinco palmas, una yegua y un par de vacas que por allí había amarradas, y el asiento, el timón, el motor, las ruedas y los guardafangos del tractor de la empresa.
A punto de desmayarse por el efecto del matarrata, de las salvajes caídas, y del extraordinario esfuerzo realizado al pintar de blanco todo lo inerte, y todo lo que allí tenía vida, incluido su propia ropa, su gran sombrero de anchas alas, sus botas, y hasta su cara, Matanzas, mirando al oscuro cielo quivicanero, gritó a pleno pulmón:
¡SE ACABÓ EL COMUNISMO EN CINCO PALMAS! 

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